REAGRUPAR A LOS PADRES MAYORES ¿SÍ O NO?: DINÁMICAS EMOCIONALES A TENER EN CUENTA

REAGRUPAR A LOS PADRES MAYORES ¿SÍ O NO?: DINÁMICAS EMOCIONALES  A TENER EN CUENTA

Una de las temáticas más complicadas para los emigrados es gestionar la progresiva dependencia de los padres que han quedado en el país de origen. Emigrar y dejar padres que están envejeciendo genera culpa, angustia, sentimientos ambivalentes. Queremos reagruparlos a toda costa cuando es posible. Otras veces, intentamos compensar estos sentimientos de forma económica, enviando remesas. Entramos en un bucle mental y nos olvidamos de que se trata de una decisión de ambas partes. Será muy bueno  escuchar a las personas que queremos reagrupar y a nosotros mismos.

¿Qué ocurre en el universo emocional de la persona en proceso de vejez que piensa emigrar? Pues es una decisión muy difícil porque:

Los padres de +60 años, cuyos hijos emigraron aprendieron a convivir con su nido vacío.  Y aprendieron a ser emocionalmente autónomos respecto de ellos. Muchas veces compensaron esa ausencia, encontrando en su hogar una fuerte referencia de su identidad, su vida es el hogar que habitan. Esto se combina con cierta tendencia melancólica en esta etapa vital, de recordar el pasado. La vida empieza a verse desde los recuerdos. Sienten que están perdiendo cierta rapidez, o cierta salud física que los hace sentir más inseguros a la hora de afrontar retos nuevos.

No hay decisiones correctas e incorrectas, sólo tenemos que ser conscientes de los caminos y consecuencias que asumimos.

Por lo tanto, decidir emigrar para estos padres puede implicar dejar el hogar referente de su identidad, para volver a un vínculo de dependencia con los hijos, pero a la inversa, donde ellos se convierten en los dependientes. Instalados en esta perspectiva, emigrar podría devenir en procesos de depresión, y deterioro generalizado.  Por ello es importante que la decisión de emigrar de los adultos mayores sea un acto meditado, y no sea asumido solo por calmar la culpa del hijo que se fue, sino por un acuerdo voluntario entre los padres que emigran y los hijos que reagrupan.

Conviene que los padres sean conscientes que el proceso de vejez es largo y progresivo, que aunque se sientan jóvenes y no ancianos, el proceso ya comenzó, pero pueden elegir cómo envejecer. Que en el interín, envejecer puede tratarse de un proceso  de vida activa tanto en su tierra o como emigrados. Que pueden elegir entre su autonomía en su tierra, o envejecer cerca de sus hijos y nietos. Ambas decisiones estarán bien si son meditadas. Muchos intentan dilatar la decisión hasta la ancianidad, y también puede estar bien, siempre y cuando sean conscientes que esa postergación aumenta riesgo de que la migración ya no sea posible, por cuestiones legales o de salud. Se trata de decisiones que dependen de muchos factores y no sólo de su voluntad. Escuchar a vuestros hijos sobre el cuál es el mejor momento y confiar en ellos también es recomendable. Ellos consideran variables que los adultos en el país de origen no conocen.

Cuando los adultos mayores que emigran son conscientes de todo esto, y deciden emigrar aceptando las pérdidas del proceso migratorio (hogar propio, familia extensa, costumbres, etc.) entonces las experiencias migratorias pueden convertirse en un proceso vital altamente enriquecedor. Se trata de adultos que aprenden a desapegarse, sin culpas, para disfrutar del envejecimiento al lado de sus hijos y/o nietos. Muchos de ellos, los que emigran antes de la edad de jubilación, consiguen alguna ocupación rentable. Si ya están jubilados, disfrutan de los beneficios de los servicios sociosanitarios de tercera edad, y encuentran un nuevo sentido a la vida. Revalorizan los afectos, aprenden a vivir el dia a dia y se sienten parte activa de la crianza de los nietos. A pesar del estrés del hecho migratorio, ralentizan su envejecimiento porque el sentirse necesarios los anima a luchar para estar bien y se identifican con el proyecto migratorio de la familia. Echan de menos los afectos, pero suelen visitar su tierra. Aprenden a convivir con este vacío porque ya aprendieron a vivir con el nido vacío. Aprenden que la seguridad está en ellos mismos y no en la casa que dejaron.

Los hijos que decidan recibir a sus padres deben también ser conscientes que deben tener mucha paciencia. Los padres que dejaron no son los mismos que recibirán. Tienen otros tiempos y el proceso de desapego lleva su tiempo. Es importante que habiliten un espacio en la familia que han conformado. Un espacio físico pero también emocional para el recién llegado. No pueden ser ignorados. Requieren tiempo y dedicación. Habrá que ayudarlos a que sean todo lo independientes que puedan. Y para ello, necesitarán ser acompañados durante un largo tiempo. Los adultos mayores pueden aprender cosas nuevas pero no tan rápido como sus hijos o nietos. También es importante que sean conscientes que pueden repetirse las mismas dinámicas vinculares, tanto funcionales como disfuncionales que solían tener en la tierra de origen. Por ello, es conveniente que reflexionen si quieren repetir esos patrones, si creen que los podrán revivir, tolerar o cambiar. Algunos hijos han lidiado con vínculos muy conflictivos y tóxicos con sus padres. La distancia tiende a veces a minimizar e idealizar vínculos filio parentales que en realidad fueron muy complicados. Estos vínculos tienden a repetirse en los reencuentros. Por ello, cualquier decisión que los hijos adopten estará bien, siempre que sea meditada y consciente.

En síntesis, toda elección conlleva una dosis de culpa que hay que asumir y atravesar. Que la culpa no lidere vuestra elección. Decidir desde la realidad, desde lo que podrán y lo que no podrán tolerar, será la mejor brújula para ambos y abrirá un vínculo más saludable para padres e hijos, juntos o la distancia. En algunos casos el reencuentro será una oportunidad de crecimiento y unión más bonitas. Y en otras, la distancia será la forma de tener el vínculo más saludable, reparador y cercano desde el afecto.

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