…que a veces lo complica todo
Hay personas que no siempre dicen “estoy nerviosa” con palabras. A veces lo dice el cuerpo. Lo dice en un parpadeo que aparece más de la cuenta. En un movimiento que se repite. En una urgencia interna difícil de explicar, como si algo necesitara salir, descargarse, expresarse. No por capricho. No por falta de voluntad. No porque la persona “no se controle”. Sino porque el sistema nervioso, cuando está exigido, encuentra sus propias formas de hablar.
En consulta, esto aparece con frecuencia de una manera muy particular: alguien está atravesando un cambio, una etapa de transición, una exigencia nueva, una sensación de no tener del todo el control… y los tics se hacen más presentes.
No siempre más intensos. A veces más visibles. A veces más molestos. A veces simplemente más conscientes.
Y ahí empieza una lucha silenciosa: “tengo que pararlo”, “no debería notarse”, “tengo que poder controlarlo”.
Pero cuanto más se pelea una persona con aquello que emerge de su cuerpo, más tensión suele generarse.
Y con más tensión, muchas veces, vienen más síntomas.
El problema no siempre es el tic
Esto es importante decirlo con claridad: muchas veces el sufrimiento no está solo en el tic, sino en todo lo que se arma alrededor.
La anticipación.
La vergüenza.
La mirada ajena.
La autoexigencia.
La necesidad de hacerlo perfecto.
El miedo a no poder regularlo.
A veces el cuerpo hace una señal pequeña, y la mente construye una alarma enorme.
Entonces la persona ya no está solo viviendo un tic. Está viviendo también la idea de que eso no debería pasar, que tiene que ocultarlo, que los demás van a interpretarlo, que su imagen quedará dañada, que algo de ella será leído como raro, débil o inadecuado.
Y ahí el síntoma deja de ser solo neurológico o motor. Se vuelve también emocional y social.
Cambios, incertidumbre y sistema nervioso en alerta
Hay algo que suele repetirse: los tics aumentan en épocas de cambio.
No porque la persona esté haciendo algo mal, sino porque los cambios exigen adaptación. Y adaptarse implica gasto psíquico, gasto cognitivo, gasto corporal.
Un nuevo entorno.
Una tarea distinta.
Una rutina que se rompe.
La sensación de empezar de nuevo.
La incertidumbre de no saber bien qué viene ahora.
Para algunas personas, especialmente aquellas que funcionan mejor con estructura, previsibilidad y orden, estos movimientos del entorno pueden sentirse internamente como una pérdida de eje.
Y cuando el eje tiembla, el cuerpo responde.
No está fallando. Está respondiendo.
Reprimir no es regular
Esta distinción cambia mucho la forma de acompañar.
Reprimir es intentar aplastar el síntoma desde la fuerza.
Regular es darle al sistema nervioso una vía más amable para reorganizarse.
No es lo mismo decirse:
“esto no puede pasar”
que decirse:
“está pasando, voy a ayudar a mi cuerpo a bajar un poco”.
No es lo mismo obligarse a quedar impecable
que aprender a reconocer el momento en que la tensión sube y ofrecer una respuesta distinta.
Respirar.
Disminuir el ritmo.
Hacer una pausa.
Aplicar un ejercicio aprendido.
Aceptar que la urgencia sube y luego baja.
Comprender que una ola no se domina a golpes: se atraviesa.
Esto no significa resignarse. Significa intervenir sin violencia.
A veces los tics aparecen cuando por fin hay un lugar seguro
Este punto suele sorprender mucho.
Hay personas que logran sostenerse durante horas en contextos exigentes: trabajan, cumplen, se ordenan, se contienen. Y luego, cuando salen de ese escenario y llegan a un lugar de confianza, el cuerpo suelta.
Ahí aparecen más movimientos. Más descarga. Más descompresión.
Y la persona piensa: “qué raro, justo ahora”.
No es raro. Tiene sentido.
Muchas veces no es en el momento de máxima exigencia donde el cuerpo descarga, sino cuando por fin puede hacerlo.
Como si dijera: “ahora que estamos a salvo, voy a aflojar”.
Comprender esto cambia mucho el modo de leer el síntoma. Ya no se lo vive solo como enemigo. A veces empieza a verse como mensaje.
Dormir mal también deja al cuerpo con menos recursos
Cuando el descanso es frágil, el sistema nervioso se vuelve más vulnerable.
No dormir bien no inventa el problema, pero sí puede intensificarlo.
La fatiga baja el umbral de tolerancia, aumenta la irritabilidad corporal, reduce la capacidad de inhibición y deja a la persona con menos resto para gestionar lo interno y lo externo.
Por eso, en muchos casos, trabajar el sueño no es un detalle secundario. Es parte del abordaje.
No desde la obsesión por “dormir perfecto”, sino desde una relación menos temerosa con la noche, menos peleada con el insomnio, menos atrapada en la idea de que si hoy no duermo, mañana todo va a desmoronarse.
A veces dormir mejor empieza por dejar de entrar en guerra con el sueño.
La mirada del otro también pesa
Muchas personas con tics no solo cargan con el síntoma. Cargan también con la memoria de cómo fueron miradas.
Comentarios.
Bromas.
Motes.
Observaciones fuera de lugar.
Personas que creen estar siendo graciosas cuando en realidad invaden.
Aunque el presente sea más amable que el pasado, el cuerpo recuerda.
Y por eso el trabajo clínico no siempre consiste solo en reducir tics. A veces también implica restaurar dignidad. Ayudar a que la persona pueda habitar su cuerpo sin pedir disculpas por existir en él.
Poner un límite.
Responder con calma.
No reírse si no causa gracia.
No explicarse de más.
No minimizar lo que dolió.
Hay una diferencia enorme entre convivir con lo propio y acostumbrarse al maltrato.
No todo tiene que desaparecer para que algo mejore
Éste es un punto muy valioso en terapia.
A veces el objetivo no es que todo síntoma desaparezca de inmediato. A veces el verdadero avance es otro:
- que la persona se asuste menos,
- que identifique mejor qué le dispara malestar,
- que pueda intervenir antes de saturarse,
- que deje de leerse a sí misma desde la falla,
- que ya no viva cada tic como una derrota,
- que recupere una sensación de agencia.
Mejorar no siempre es borrar.
A veces es comprender.
A veces es aceptar.
A veces es regular.
A veces es dejar de castigarse por aquello que el cuerpo expresa.
Escuchar el cuerpo también es una forma de cuidado
En una época que empuja a rendir, producir y sostener la imagen, escuchar el cuerpo puede parecer un lujo. Pero no lo es. Es salud.
El cuerpo muchas veces avisa antes.
Avisa cuando algo se está tensando demasiado.
Avisa cuando la exigencia superó al descanso.
Avisa cuando hay demasiada contención y poca descarga.
Avisa cuando la necesidad de control se volvió más grande que la posibilidad de estar en calma.
Escucharlo no implica obedecer cada señal con miedo. Implica leerla con respeto.
Porque cuando una persona deja de pelearse con su sistema nervioso, algo empieza a ordenarse.
Y entonces, poco a poco, el cuerpo ya no necesita gritar tanto para ser escuchado.