Durante años he observado en consulta algo que nunca terminó de encajar del todo con la literatura clásica: la proporción de hombres y mujeres / niños y niñas con tics que veo no coincide con la famosa ratio 4:1. Nunca fue, en mi experiencia clínica real, una proporción tan extrema. Nunca fue cuatro niños por cada niña.
Al contrario: la presencia de niñas con tics en mis consultas, en asociaciones y en contextos educativos ha sido constante, significativa y clínicamente relevante. Sin embargo, muchas de ellas llegaban tarde, con diagnósticos parciales, confusos o directamente inexistentes.
Por eso, cuando leí el reciente estudio publicado en Neurology en enero de 2025, sentí algo que pocas veces ocurre en la práctica científica: la sensación de que la investigación, por fin, estaba poniendo palabras, datos y estructura a una realidad clínica que llevamos tiempo observando quienes trabajamos a pie de consulta.
El artículo, titulado “Sex Differences in Natural History and Health Outcomes Among Individuals With Tic Disorders”, liderado por Marisela E. Dy-Hollins y un amplio consorcio internacional, no solo cuestiona la ratio clásica hombre:mujer en el Síndrome de Tourette, sino que expone con claridad un fenómeno mucho más profundo: el subdiagnóstico sistemático de las niñas con trastornos de tics.
El problema no es la prevalencia, sino la detección
El estudio analiza una cohorte de 2.403 participantes del Tourette Association of America International Genetics Consortium, una de las bases de datos más sólidas a nivel mundial en investigación genética y clínica del ST. A diferencia de muchos estudios previos, aquí no hablamos de pequeñas muestras clínicas de niñas con Tourette, sino de un análisis estadísticamente robusto, ajustado por edad, estructura familiar y variables confusoras.
Y los resultados son tan claros como incómodos:
Las mujeres con Síndrome de Tourette tenían menos de la mitad de probabilidades de haber recibido un diagnóstico clínico previo en comparación con los hombres. No porque tuvieran menos tics, sino porque sus tics, su perfil emocional y su modo de presentación no encajaban en el molde clásico con el que históricamente hemos aprendido a reconocer el Tourette.
Este hallazgo conecta directamente con lo que vemos en consulta: niñas con tics motores sutiles, con alta capacidad de supresión, con gran autocontrol social, con ansiedad, con rasgos obsesivos, con sufrimiento interno… pero sin el “tic disruptivo” que activa la alarma diagnóstica.
El retraso diagnóstico como forma de invisibilidad clínica
El estudio muestra que:
- Las niñas comienzan los síntomas prácticamente a la misma edad que los niños.
- Sin embargo, el diagnóstico llega años más tarde.
- El tiempo entre el inicio de los tics y el diagnóstico es significativamente mayor en mujeres.
Esto significa que muchas mujeres atraviesan toda la infancia y parte de la adolescencia sin comprender qué les ocurre, sin nombre para su experiencia corporal, sin acceso a tratamientos específicos como CBIT, y con interpretaciones erróneas de su comportamiento.
Desde la clínica, sabemos bien lo que esto genera:
culpa, confusión, autoexigencia, vergüenza, camuflaje, y una narrativa interna de “algo va mal en mí” sin explicación médica clara.
No es menos Tourette: es otro Tourette
Uno de los aportes más importantes del estudio es que no describe a las niñas como casos “más leves”, sino como fenotipos diferentes:
- Menor puntuación en escalas clásicas de severidad.
- Menor interferencia observable.
- Mayor presencia de comorbilidades internalizantes como TOC.
- Menor predominio de TDAH en comparación con los varones.
Este perfil clínico explica por qué tantas niñas con Tourette han sido históricamente diagnosticadas como ansiedad, TOC, trastorno emocional o incluso simplemente “hipersensibles”, sin que nadie integrara el componente de tics dentro del cuadro global.
Y aquí la ciencia coincide plenamente con la clínica:
👉 no es que las niñas tengan menos Tourette, es que tienen un Tourette que no hemos aprendido a ver.
Lo que este estudio nos obliga a revisar
Este trabajo no es solo un artículo más. Es un punto de inflexión.
Nos obliga a revisar:
- Nuestros criterios de sospecha diagnóstica.
- Nuestros sesgos de género en neurodesarrollo.
- La manera en que interpretamos la severidad.
- Y, sobre todo, nuestra responsabilidad como profesionales.
Porque cada año de retraso diagnóstico no es un número estadístico: es una niña que crece sin explicación, sin validación y sin herramientas.
Referencia
Dy-Hollins, M. E., Chibnik, L. B., Tracy, N. A., Osiecki, L., et al. (2025).
Sex differences in natural history and health outcomes among individuals with tic disorders. Neurology. https://doi.org/10.1212/WNL.0000000000210249