Tourette en clase: gestionar la ira

Tourette en clase: gestionar la ira

Bruno tiene 15 años y cursa 4º de ESO. Su diagnóstico de Tourette incluye tics motores complejos y coprolalia, lo que ha sido causa de burlas desde la infancia. Tiene además un perfil oposicionista y una historia de conflicto con figuras de autoridad. Detrás de su mirada desafiante, hay un chico que ha sufrido mucho y que vive cada día en alerta, esperando el siguiente ataque.

Durante un examen oral, Bruno estaba visiblemente nervioso. Había ensayado en casa, pero sabía que los tics se intensificaban bajo presión. En mitad de su presentación, se le escapó una palabra inapropiada, uno de esos insultos involuntarios que tanto le avergüenzan. Un compañero se rió. No demasiado fuerte, pero lo suficiente. En cuestión de segundos, Bruno empujó la silla, que cayó al suelo con un golpe seco. Se giró gritando:

—¡¿De qué te ríes, imbécil?! ¡Que te rompo la cara!

La profesora intentó calmarlo, pero él ya estaba fuera de sí. Salió del aula dando un portazo y pateó la papelera del pasillo. El centro activó el protocolo de contención emocional. El orientador lo acompañó al despacho, donde Bruno, temblando, rompió a llorar. Dijo que estaba harto, que nadie entendía lo que le pasaba, que no quería ser así.

Con apoyo de su terapeuta, el centro ajustó su plan educativo: flexibilización de evaluaciones, momentos pautados de pausa, espacios de descarga controlada, y un adulto de referencia para emergencias emocionales. Bruno empezó en el curso siguiente un módulo de FP semipresencial, donde se sentía más cómodo, y se incorporaron sesiones individuales de entrenamiento en manejo de la ira y psicoeducación emocional.

No fue mágico, ni inmediato. Pero aquella crisis marcó un punto de inflexión. Por fin alguien no solo lo contuvo: lo entendió.

Emma es una niña de 9 años, cursa 4º de primaria y tiene un diagnóstico reciente de síndrome de Tourette. Sus tics son mayormente motores (sacudidas de hombros, guiños) y a veces vocales (gruñidos suaves o carraspeo), que se intensifican con la ansiedad. Es muy inteligente, creativa y con alta sensibilidad emocional. Le cuesta tolerar las miradas o comentarios que percibe como juicio.

Ese martes, en la clase de plástica, los alumnos trabajaban en parejas. Emma se sentía algo nerviosa, porque ese día había tenido más tics de lo habitual y temía que alguien la imitara. Mientras pintaba, notó que una compañera la observaba. “Seguro me está mirando por los tics”, pensó. Sintió cómo se le aceleraba el corazón y su cuerpo se tensaba.

De pronto, explotó:

—¡¿Qué me miras así?! ¡Deja de mirarme!

Tiró el pincel al suelo, se levantó bruscamente y cruzó los brazos con gesto desafiante. La clase se quedó en silencio. La compañera, asustada, negó haber hecho nada. La profesora, algo desconcertada, se acercó en voz baja y le ofreció a Emma ir al rincón de calma que habían pactado previamente.

Allí, Emma dibujó con ceras mientras respiraba hondo. Después de unos minutos, cuando su cuerpo ya no estaba en modo “tormenta”, pudo hablar con la profe. Dijo que no quería haber gritado, pero sintió que “iba a explotar” si no decía algo. Admitió que a veces malinterpreta gestos porque está cansada de que la imiten o se rían.

Esa misma semana, en consulta, trabajamos en identificar sensaciones corporales de activación (tensión en el pecho, calor en la cara), y cómo intervenir antes de llegar al estallido. Le propuse usar una frase puente: “Me siento incómoda, ¿podemos cambiar de tema?” o pedir directamente un “respiro”. También dibujamos juntas un “termómetro emocional” que luego llevó a clase y que su tutora aceptó usar como herramienta de autorregulación.

Poco a poco, Emma empezó a sentirse más segura, sabiendo que su diferencia no era un motivo de vergüenza, sino una forma única de estar en el mundo… y que podía aprender a cuidar de sí misma sin gritar.

Comprender sin condescender

El ST suele combinar, en un 40% de los casos, tics involuntarios con un umbral de frustración muy bajo. Por eso las bromas, los cambios de rutina o la sensación de “injusticia” pueden disparar explosiones que él no controla del todo. Cuando las cosas no salen «como esperaba». Es importante gestionar la situación con mucha calma y firmeza. Para ello, es necesario que los equipos docentes y familia trabajen en forma coordinada. Aun así, la norma fundamental sigue siendo la seguridad del grupo: nadie, tenga la condición que tenga, puede dañar o intimidar al resto. Puedes conocer un poco más sobre estas crisis leyendo estos artículos que encontrarás en:

Cómo abordar las crisis en el momento (para docentes)

  1. Mantén la calma y reduce estímulos. Una voz pausada y frases cortas (“salimos un momento”, “respira conmigo”) desescaman mejor que los sermones. Cuando el secuestro emocional tiene lugar, no puede razonar, sus áreas frontales están bloqueadas, por lo que frases cortas y claras funcionan mejor.
  2. Retira público. Llévalo al espacio previamente acordado —por ejemplo, la sala de orientación— para que reduzca la intensidad sin público. Debe saber de antemano que no es un castigo, sino una estrategia para ayudarle a calmarse y proteger a sus compañeros de posibles daños. Las pautas pactadas con antelación siempre funcionan mejor que las decisiones improvisadas.
  3. Revisa juntos lo ocurrido cuando esté tranquilo. Pregúntale qué le resultó injusto y, juntos, diseñen la respuesta para la próxima vez. Reforzad de forma positiva cada ocasión en que aplique ese “plan B”: saber que existe una pauta acordada le da previsibilidad y lo calma. Este diálogo posterior es imprescindible; realizadlo cuando ya esté tranquilo, revisad las normas y dejad claro qué sucederá ante cada conducta.

Fuera de la crisis: construir autocontrol

Es necesario trabajar con el niño de forma permanente. Con coherencia. No podemos apagar fuego con fuego y es importante que loso adultos intervinientes sean ejemplo de autocontrol en la conviviencia cotiana con el niño o adolescente. Por ello, te recomendamos que:

  • Entrenes la regulación emocional en tutorías breves: termómetro de ira 0‑5, respiración cuadrada (inspiro en 4, espero 4, exhalo en 4, espero 4), pelota antiestrés, salidas de 2‑3 minutos para moverse.
  • Anticipes las reglas. Dale las instrucciones por escrito y, si puedes, nos minutos antes que al resto para que procese sin presión. Esto es fundamental y suele prevenir futuras crisis. Si son pautas acordadas, entonces son más fáciles de asumir.
  • Enséñale que “justicia” no siempre significa “igual para todos”. Frases sencillas (“diferente no es injusto”) y ejemplos reales ayudan a reorganizar su pensamiento.
  • Eduques al grupo sobre qué es el ST y por qué los tics no son deliberados; reduce burlas y malentendidos que alimentan la ira.

Cuando nada parece suficiente

Si los estallidos siguen siendo diarios o comprometen físicamente a la clase, involucrad al orientador, a la familia y, si es posible, al neurólogo:

  • Un Análisis Funcional de Conducta (ABC) bien hecho detecta patrones invisibles —a veces la “chispa” está en un ruido concreto, una tarea demasiado larga o la hora del día.
  • El equipo médico puede valorar un tratamiento farmacológico adyuvante cuando las intervenciones psicoeducativas resulten insuficientes. Si el alumno ya está medicado, conviene revisar la pauta, porque ciertos fármacos pueden aumentar la desregulación emocional en algunos niños.
  • Es fundamental que tanto el niño como su familia reciban tratamiento psicológico, para adquirir estrategias de regulación emocional, mejorar la comunicación y establecer límites coherentes que reduzcan la frecuencia e intensidad de las crisis.
  • Es crucial que la familia aplique las mismas reglas y respuestas que el centro educativo durante las crisis. Cuando en casa la explosión de ira se convierte en el camino más rápido para “ganar” una negociación —por ejemplo, dejar de hacer la tarea o conseguir una pantalla—, el mensaje que el niño interioriza es: «si me enfado lo suficiente, el entorno cede». Desde la psicología del aprendizaje esto se llama refuerzo intermitente: cada vez que la conducta logra el objetivo, se consolida y se vuelve más resistente al cambio que si se recompensara de forma constante.
  • Explorar posibles casos de acoso escolar encubierto en el trabajo grupal. Antes de atribuir cada estallido de ira únicamente al Síndrome de Tourette, merece la pena descartar que exista algún tipo de acoso solapado que dispare la reacción. El acoso escolar encubierto suele manifestarse en dinámicas de grupo —miradas cómplices, comentarios en voz baja, exclusiones sutiles— que pasan desapercibidas para los adultos y dejan al alumno con la sensación real de injusticia. (ver anexo al final de este documento)

Mensaje para él/ella:

“Entiendo que sientes la injusticia con mucha fuerza. Eso forma parte de tu Tourette. Pero también que quieres y que eres capaz de aprender. Aprender a parar antes de hacer daño, y en eso te acompañaremos.”

Repite esta idea —con tacto, sin amenazas— cada vez que practiquéis la estrategia de calma. Una y otra vez. Porque los aspectos neurofuncionales se mezclan con los conductuales, haciendo más prolongados los procesos de cambio. Pero, si que aprenden a frenar. Cuando consiga frenar en el nivel 2 de su termómetro de la ira, felicítalo de inmediato: necesita probar, en la práctica, que puede lograrlo.

Para el tutor y el claustro

  • Ten a mano un protocolo escrito y firmado por todo el profesorado para que la respuesta al estallido sea coherente, es decir que todos reaccionen igual.
  • Registra qué antecede y qué sigue a cada crisis; así verás progresos y ajustarás apoyos.
  • Celebra cada semana sin incidentes graves: el refuerzo positivo es el mejor aliado de la neuroplasticidad.

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