Regulación emocional infantil: de ignorar a integrar
Hay una escena que se repite en muchas historias de infancia.
Un niño se cae. Se le humedecen los ojos. Mira alrededor.
Y antes de que la lágrima termine de formarse, escucha: “No es nada.”
Se levanta. Se limpia rápido. Sonríe como puede. Sigue.
Ahí empieza, muchas veces, el aprendizaje silencioso de la supuesta fortaleza: avanzar sin mirar lo que duele. Cumplir. Portarse bien. No molestar. Tragar saliva cuando algo aprieta en el pecho. Distraerse cuando la garganta se cierra. Callar para no incomodar. Y así, casi sin darnos cuenta, confundimos madurez con anestesia. Crecimos creyendo que sentir menos era ser más fuertes. Que la emoción, si no se nombra, desaparece.
Pero el cuerpo no participa de ese acuerdo.
La ciencia de la regulación emocional —como los modelos de James Gross — muestra algo tan simple como contundente: suprimir no es procesar. Cuando intentamos “apagar” lo que sentimos, la emoción no se extingue; cambia de lugar. Se intensifica la activación fisiológica, aumenta la carga cognitiva, se tensan los músculos, se acelera el corazón. La mente hace un esfuerzo extra por sostener el silencio interno.
En palabras claras: lo que no se integra, se acumula.
La verdadera regulación no es ignorar lo que pasa dentro, sino poder quedarnos lo suficiente como para entenderlo. No es dejar de sentir, sino aprender a sentir sin desbordarnos. Es pasar de la supervivencia a la integración. Y eso —aunque nadie nos lo haya enseñado de pequeños— siempre puede aprenderse.
Las emociones no son el problema
A veces ocurre en un momento inesperado.
En medio de una conversación tranquila, o en el silencio de una consulta. La persona cuenta lo que siente —o más bien, lo que intenta no sentir. Habla del cansancio de empujar hacia abajo la tristeza, de evitar el enojo, de distraerse cada vez que aparece la ansiedad. Y entonces aparece una invitación que suele desconcertar:
—Intenta quedarte un momento con lo que sientes.
La reacción casi siempre es la misma. Una mezcla de sorpresa y desconfianza.
¿Quedarme ahí?
¿No debería intentar eliminar lo negativo y concentrarme solo en lo positivo?
Pero aquí aparece un cambio profundo en la forma de entender la vida emocional: Las emociones no son errores del sistema. No son señales de debilidad ni fallos de carácter. Son mensajes del propio organismo. La neurociencia afectiva — como los trabajos de Jaak Panksepp — muestra que cada emoción activa circuitos cerebrales específicos que preparan al cuerpo para adaptarse al entorno.
El miedo moviliza recursos para protegernos.
La tristeza aparece cuando algo importante se ha perdido.
La ira señala que un límite ha sido cruzado.
La vergüenza nos alerta sobre nuestra necesidad de pertenecer.
No llegan para dañarnos. Llegan para informarnos. El problema no suele ser la emoción en sí, sino la guerra que aprendimos a librar contra ella. Quizá por eso el poeta Rainer Maria Rilke escribió una frase que, curiosamente, coincide con lo que hoy confirma la psicología:
“Deja que todo te suceda: la belleza y el terror. Solo sigue adelante. Ningún sentimiento es definitivo.”
Cuando dejamos de luchar contra lo que sentimos, algo cambia: la emoción deja de ser una amenaza… y empieza a convertirse en una forma de comprensión.
¿Pero cómo se hace, en la práctica?
En algún momento de la terapia —con adultos, adolescentes o niños— aparece siempre la misma pregunta. Después de hablar sobre emociones, alguien frunce el ceño y dice algo muy concreto:
—De acuerdo… pero entonces ¿qué hago cuando aparece?
Las dudas suelen llegar en cascada.
¿Me quedo quieto sin hacer nada?
¿Tengo que analizar lo que siento?
¿Respiro? ¿Escribo? ¿Lo hablo con alguien?
Es una pregunta profundamente humana. Porque nadie nos enseñó realmente cómo estar con una emoción sin pelear con ella. La investigación en terapias basadas en regulación emocional y mindfulness —desde los trabajos de Steven C. Hayes y Marsha M. Linehan, hasta estudios publicados en organizaciones como European Society for Traumatic Stress Studies y revisiones clínicas en Psiquiatria.com— muestra algo importante: “Sentarse con una emoción” no significa quedarse paralizado. Es una forma de presencia activa. Un pequeño proceso interno que suele desplegarse en pasos muy simples, pero profundamente reguladores.
Primero, ponerle nombre a lo que ocurre.
Decir —aunque sea en silencio— “esto es miedo”, “esto es tristeza”, “esto es rabia”.
Porque «nombrar» la emoción activa redes prefrontales que ayudan a disminuir la reactividad de la amígdala. El cerebro empieza a organizar lo que antes era solo intensidad.
Después, mirar hacia el cuerpo.
¿Dónde se siente? ¿En el pecho, en la garganta, en el estómago?
Las emociones siempre tienen una geografía corporal.
Luego, respirar con la experiencia, sin intentar expulsarla.
No para que desaparezca, sino para darle espacio.
A continuación, algo que suele resultar nuevo para muchas personas:
validar la emoción. Decir internamente: “Tiene sentido que esto esté aquí.” Porque cada emoción cumple una función adaptativa.
Y entonces ocurre algo interesante. Si no la empujamos ni la alimentamos, la emoción empieza a comportarse como lo que realmente es: una ola. Sube.
Alcanza un punto máximo. Y lentamente comienza a descender.
En ese momento aparece la parte más importante del proceso: la posibilidad de elegir. No reaccionar de forma automática, sino decidir qué hacer con lo que sentimos. A eso llamamos regulación emocional. No consiste en aplastar la emoción. Consiste en relacionarnos con ella de una manera que nos permita seguir siendo libres.
Y en la infancia, es una habilidad nuclear
Cuando trabajamos con niños que parecen actuar antes de poder pensar, la escena suele repetirse: una emoción aparece con fuerza y, en cuestión de segundos, llega el estallido. Rabia, frustración, llanto, impulsividad. A los adultos alrededor les desconcierta. A veces incluso les preocupa. Pero, cuando observamos con calma, descubrimos algo importante: el problema rara vez es la emoción en sí. Lo que suele faltar es la capacidad de sostener esta activación interna que esa emoción produce. Muchos niños —especialmente en perfiles de neurodesarrollo— sienten con gran intensidad, pero aún no cuentan con las herramientas neurológicas y psicológicas para regular esa intensidad. Y aquí aparece un malentendido frecuente.
La autorregulación no se enseña diciendo simplemente:
“Cálmate.”
Porque calmarse es una habilidad, no puede ser una orden. Los niños la aprenden de otra manera: mirando, experimentando y repitiendo con un adulto que les presta su regulación cuando ellos todavía no la tienen. Aprenden cuando alguien puede quedarse cerca mientras la emoción pasa. Cuando un adulto pone palabras a lo que ocurre. Cuando el mensaje implícito es: lo que sientes es intenso, pero podemos atravesarlo juntos.
La investigación actual sobre desarrollo de funciones ejecutivas, control inhibitorio y regulación emocional converge en una idea fundamental: El control conductual no es el primer paso. Antes de que un niño pueda detener una conducta, necesita reconocer qué está pasando dentro de él.
Primero aparece la conciencia emocional.
Después, con el tiempo y la práctica, llega la capacidad de regular la conducta.
Cuando esa conciencia no está desarrollada, las emociones no encuentran palabras ni comprensión. Entonces solo quedan dos salidas posibles: la explosión… o la evitación. Y justamente ahí es donde el acompañamiento adulto puede cambiar la historia.
De la evitación a la integración
Y así ocurre, durante mucho tiempo, que ignorar lo que dolía fue una estrategia útil. A veces incluso necesaria. Muchos niños —y muchos adultos— aprendieron a seguir adelante así: distraerse, rendir, sonreír, cambiar de tema. No mirar demasiado lo que incomodaba por dentro. En su momento, ese recurso ayudó a adaptarse. Pero una estrategia que fue protectora en un momento de la vida no siempre puede sostenerse para siempre. En algún punto aparece otra posibilidad. La de detenerse un momento y quedarse con lo que sentimos. No para recrearnos en el malestar, ni para analizar cada emoción hasta el agotamiento, sino para enviarle al sistema nervioso un mensaje muy distinto al que aprendimos de pequeños:
“Esto está pasando… y puedo sostenerlo.”
Es un gesto pequeño por fuera, pero profundamente transformador por dentro. Cuando un niño —acompañado por un adulto que regula con él— descubre que una emoción intensa no lo rompe, algo empieza a reorganizarse. La experiencia deja de ser una amenaza absoluta y se convierte en algo que puede atravesarse.
La emoción viene.
Se siente.
Se nombra.
Y, con el tiempo, pasa.
En ese proceso el niño aprende algo esencial para toda la vida. Que regular no significa dejar de sentir. Significa aprender a estar con uno mismo cuando la emoción aparece. Y es justamente ahí, en ese acompañamiento interno que poco a poco se construye, donde empieza a nacer la verdadera fortaleza.
Referencia bibliográfica
Davis KL, Montag C.; Selected Principles of Pankseppian Affective Neuroscience. Front Neurosci. 2019 Jan 17;12:1025. doi: 10.3389/fnins.2018.01025. PMID: 30705615; PMCID: PMC6344464.
Cardinale EM, Subar AR, Brotman MA, Leibenluft E, Kircanski K, Pine DS. Inhibitory control and emotion dysregulation: A framework for research on anxiety. Dev Psychopathol. 2019 Aug;31(3):859-869. doi: 10.1017/S0954579419000300. Epub 2019 Apr 10. PMID: 30968800; PMCID: PMC7439288.
Gross, J. J. (2015). The Extended Process Model of Emotion Regulation: Elaborations, Applications, and Future Directions. Psychological Inquiry, 26(1), 130–137. https://doi.org/10.1080/1047840X.2015.989751
Hayes, S. C., Luoma, J. B., Bond, F. W., Masuda, A., & Lillis, J. (2006). Acceptance and Commitment Therapy: Model, processes and outcomes. Behaviour Research and Therapy, 44(1), 1–25.
Linehan, M. M. (2015). DBT Skills Training Manual (2nd ed.). New York: Guilford Press.