Cuando la razón justifica las decisiones ya tomadas desde la emoción.

Muchos habremos escuchado decir que, cuando las emociones son intensas y no razonamos, es porque hemos quedado «secuestrados por el sistema límbico». Y no entramos «en razones». Necesitamos tomarnos un tiempo, relajarnos, para luego permitir que el flujo sanguíneo vuelva a normalizarse y que nuestro cerebro reflexivo se active nuevamente.
Pero también, hay veces que ocurre lo contrario. Muchas veces, estamos «secuestrados por la razón». Es decir “racionalizamos”. Es cuando construimos un discurso muy «racional» para justificar nuestros miedos más profundos. Roberto Aguado, reconocido psicólogo, lo explica en su libro «La emoción decide y la razón justifica» encerrando en esta frase una de las claves más importantes del trabajo terapéutico, que consiste en des-armar el andamiaje racional que encierra los esquemas emociones más difíciles de nuestra biografía, aquellos que interpretan la realidad de forma rígida y nos limitan en la vida.
Ocurre que, ante los eventos significativos de nuestra vida, el primer análisis que hacemos es emocional. Las emociones representan nuestro primer contacto con la realidad que percibimos (vinculado al hemisferio no dominante o cerebro límbico). Entonces, nuestra respuesta estará determinada por la emocionalidad vivida. Cuando el sistema reticular del sistema nervioso recibe la primera evaluación de la situación, nuestro sistema cognitivo no ha tenido información. Por eso decimos que nuestra primera evaluación de la realidad es emocional por naturaleza.
La emoción, dependiente del sistema límbico, es más antigua que la cognición en nuestra evolución biológica. Las personas se fían mucho más de ella que de su razón. Las conductas rápidas ante el peligro suelen ser seguras y rápidas. El sistema límbico es quien decide lo que se almacena y lo que no en nuestra memoria. Y tiene que ser así, para garantizar la supervivencia. Si escuchamos un ruido estrepitoso, primero daremos un salto, nos echaremos para atrás, cerraremos los ojos, y nos asustaremos. Esta conducta nos protege. Luego, prestaremos mucha atención y pensaremos…y nos daremos cuenta es el viento que cerró la puerta. La información entró, reaccionamos física y emocionalmente y después …pensaremos. El cerebro guarda la información y la próxima puerta esa tarde, ya no nos asustará, o ya nos adelantaremos y cerraremos todas las puertas.
Con situaciones más complejas de la vida, suele ocurrir de manera similar. Nuestra emoción decide muchas veces antes que la razón. Porque nos protegemos ante lo que emocionalmente determinamos como peligroso. Por ejemplo: «Esta persona no me ha caído bien…esta actividad no me gusta, este lugar no me va a gustar». Posteriormente, solemos dar una respuesta cognitiva, justificando esta emoción, a partir de la verbalización. Pero la decisión ya fue tomada por la emoción, por el hemisferio intuitivo.
Experiencias negativas en torno al colegio, a la vida en pareja, a los vínculos con determinado sexo, al trabajo, determinarán nuestras decisiones y diremos: no sirvo para estudiar, nadie me querrá, todos los hombres son iguales, no soporto ir a trabajar, etc.
De esta forma vamos constituyendo esquemas emocionales, a partir de la grabación de las experiencias subjetivas de las emocionales vividas. Esquemas muchas veces rígidos o limitantes. En los procesos psicoterapéuticos, reestructuramos estos esquemas emocionales para dotarlos de una interpretación más aceptable. Aunque la realidad vivida es la misma, la interpretación y la emoción concomitante cambia. La situación deja de ser un problema porque mi mirada sobre la situación era el problema. Y esto muchas veces, es necesario desde la reestructuración emocional y luego de la cognitiva.

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