Infancia, salud mental y migración:

Por qué el acompañamiento psicológico es clave


Cambiar de casa, de barrio o incluso de país. Para muchos niños, estos movimientos no solo implican perder un entorno, sino que también pueden afectar su bienestar psicológico. La relación entre infancia, salud mental y migración es cada vez más evidente en los estudios actuales. Por eso, acompañar emocionalmente a quienes migran desde pequeños se vuelve tan importante como ofrecerles un hogar o una escuela.

Cuando mudarse deja huella

Cambiar de casa, de barrio o incluso de país. Perder el colegio, las calles familiares, los amigos. Para muchos niños y niñas, mudarse no es simplemente una etapa: es una ruptura. A veces, incluso una sucesión de rupturas. A lo largo del mundo, y también en España y América Latina, hay cada vez más evidencia de que los movimientos residenciales durante la infancia —especialmente cuando son frecuentes o forzados— pueden dejar huellas emocionales que se manifiesten años después.

Una investigación reciente liderada por el epidemiólogo Clive E. Sabel y publicada en JAMA Psychiatry (2024) ha encendido una señal de alerta. Según sus datos, quienes se mudaron varias veces durante la infancia —sobre todo entre los 10 y 15 años— y quienes crecieron en barrios con alta privación económica, presentan un mayor riesgo de depresión en la adultez. Además, no están solos. Estudios realizados en el Reino Unido, Australia e Irlanda del Norte refuerzan estas conclusiones.

Acompañamiento psicológico en infancia, salud mental y migración: cómo intervenir y cuándo actuar

La migración no es solo un cambio individual, sino una transformación que impacta todo el sistema familiar. Cada miembro de la familia migrante vive el proceso de forma diferente, y esos cambios individuales afectan las dinámicas colectivas. El sistema se reconfigura, a veces de forma abrupta, sin que sus integrantes hayan tenido tiempo de digerir lo anterior.

En este modelo, lo importante no es tanto el síntoma que uno de los miembros pueda manifestar (por ejemplo, la tristeza de un niño, la ansiedad de un adolescente), sino cómo ese síntoma expresa o canaliza tensiones más amplias dentro del sistema familiar. El niño no “está mal” porque sí: su malestar tiene sentido dentro de la nueva organización familiar.

Por ejemplo:

1- Un niño que retrocede en su desarrollo (orinarse, tener miedo a ir al colegio) puede estar expresando el miedo no dicho de los adultos ante la incertidumbre del nuevo entorno.

2- Un adolescente que se aísla o desafía las normas puede estar intentando redefinir su identidad dentro de un sistema que también está cambiando de lugar, de idioma, de valores.

3- Un padre ausente emocionalmente puede no saber cómo sostener a los hijos porque él mismo está en duelo por lo que dejó atrás.

La terapia no busca señalar culpables. Busca abrir espacios para que cada voz se escuche, para que el cambio migratorio no se viva en soledad ni se resuelva con silencios. El trabajo terapéutico se orienta a reconstruir el diálogo, a ayudar a que la familia encuentre nuevas formas de conexión y regulación emocional en un contexto distinto.

Además, esta mirada reconoce que el sistema familiar no vive en el vacío. Está influido por sistemas mayores: el contexto social, las redes comunitarias, el entorno educativo. Por eso, en el trabajo terapéutico puede ser necesario incluir a figuras clave del entorno: tutores, trabajadores sociales, mediadores culturales. Así, el acompañamiento deja de ser exclusivamente clínico para volverse también relacional y contextual.

En síntesis, la migración es un evento vital estresante, pero también una oportunidad para reorganizar los vínculos. La terapia sistémica no promete eliminar el dolor, pero sí puede ofrecer un espacio para pensarlo juntos, darle sentido y abrir caminos nuevos en una tierra que, al principio, siempre es desconocida.

Afortunadamente, existe una amplia gama de estrategias psicológicas que pueden ofrecerse a las familias migrantes para prevenir o mitigar los efectos de las mudanzas. Estas intervenciones pueden —y deben— adaptarse según la etapa del proceso migratorio, las características del niño y la situación familiar.

1. Psicoeducación familiar

Consiste en brindar información clara a madres, padres y cuidadores sobre el duelo migratorio, los cambios esperables en el comportamiento infantil y la importancia de mantener rutinas, vínculos y espacios de comunicación abiertos. Además, permite despatologizar ciertas reacciones normales ante el cambio.

2. Intervención con niños

Aquí se incluyen sesiones de terapia individual, juegos terapéuticos, dibujos o relatos donde los niños puedan expresar lo que sienten. El objetivo es ayudarlos a comprender su experiencia, reforzar su autoestima y favorecer un sentimiento de pertenencia, tanto en la nueva cultura como en la propia.

3. Terapia familiar

Muchos conflictos migratorios no se expresan directamente, pero se viven en el interior de las familias: diferencias generacionales, cambios de roles, expectativas no compartidas. La terapia familiar permite nombrar esas tensiones y construir soluciones compartidas.

4. Apoyo psicosocial comunitario

Participar en redes barriales, talleres con otros niños migrantes, programas escolares de mentoría o actividades artísticas puede ser un gran amortiguador del estrés migratorio. La comunidad, cuando está presente, protege.

5. Intervención especializada en trauma migratorio

Cuando ha habido violencia, pérdida, separación forzosa o riesgos vitales, es imprescindible un tratamiento clínico específico, con enfoque en trauma y sensibilidad intercultural.

Señales de alerta psicológica tras la migración

Detectar el malestar a tiempo es fundamental. Estas son algunas señales que indican que el niño necesita apoyo profesional:

  • Cambios de humor persistentes: tristeza, irritabilidad, retraimiento
  • Dificultades graves para adaptarse a la escuela
  • Ansiedad intensa, pesadillas, miedos nuevos
  • Aislamiento social o sensación de no pertenecer
  • Dolencias físicas sin causa médica clara
  • Regresiones en el desarrollo (como volver a orinarse)
  • Conductas de riesgo o autolesiones (en adolescentes)

Ante cualquiera de estas señales, la intervención temprana puede marcar la diferencia.

Acompañamiento desde el inicio

La prevención psicológica en procesos migratorios es no solo posible, sino deseable. De hecho, muchas situaciones de sufrimiento podrían evitarse si existiera una mirada anticipatoria desde los sistemas de salud, educación y servicios sociales.

Las claves de un buen abordaje preventivo son:

  • Actuar desde el inicio: antes del viaje, si es posible, o inmediatamente después
  • Incluir a toda la familia: los adultos también necesitan contención
  • Generar espacios seguros de expresión emocional, sin juicio
  • Formar a profesionales para leer y responder a las necesidades migrantes
  • Construir redes comunitarias que favorezcan la integración y reduzcan el aislamiento

Migrar no tiene por qué ser traumático. Pero para que no lo sea, hay que acompañar.

¿Qué se sabe en España y América Latina?

En España, algunos estudios ya han comenzado a documentar el impacto psicológico de la migración infantil, especialmente en el caso de menores tutelados, refugiados o hijos de familias recién llegadas. Sin embargo, todavía son pocos los trabajos que cuantifican el número de mudanzas, o que exploran el efecto de cambiar varias veces de barrio, colegio o entorno.

En América Latina, la evidencia es aún más escasa. A excepción de ciertos estudios centrados en desplazamientos forzados o bienestar general en la infancia, el impacto psicológico de las mudanzas frecuentes sigue siendo un tema pendiente. De hecho, las políticas públicas suelen centrarse en la estabilidad económica o legal, dejando en segundo plano la estabilidad emocional y afectiva.

Por consiguiente, este vacío deja a muchos niños y adolescentes sin los apoyos necesarios en momentos críticos de su desarrollo.

Mudarse puede ser una aventura. Pero también puede ser una fractura. Lo que marca la diferencia no es el cambio en sí, sino cómo se vive, con quién se cuenta y qué espacios se abren para nombrar lo que se pierde y construir lo nuevo. La infancia, salud mental y migración no puede seguir siendo una asignatura pendiente. El acompañamiento psicológico no es un extra: es parte de garantizar el derecho a crecer con dignidad.

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